Yara

Entre el 18 de abril de 1819 y el 27 de febrero de 1874 transcurre la vida de quien fuera principal animador de la primera guerra por la independencia de Cuba (1968-1978) y Padre de la Patria cubana, Carlos Manuel de Céspedes. Cincuenta y cinco años de una vida dedicada a los ideales revolucionarios, al cultivo de las cosas del alma, a la generosidad y el donaire –hombre de familia y de patria, el padre de todos los cubanos como él mismo proclamara. Depuesto por las intrigas de un anexionista y dejado sin la menor protección se enfrentó a una pequeña tropa española en la localidad de San Lorenzo, en la Sierra Maestra, muriendo despeñado, después de haber sido herido de muerte. Con él murió la primera República de Cuba en Armas, su posibilidad de ser no un sueño justiciero, sino una realidad política de justicia y ventura. Se sucedieron otros muchos hombres y otras muchas ingratitudes en la larga historia de las luchas de los cubanos por la independencia –se padeció un hiato que duró 61 años, desde 1898 hasta 1959, en el que la patria cubana estuvo a punto de diluirse, de desdibujarse, de perder sus contornos propios. En el discurso conmemorativo del 100 aniversario del comienzo de las luchas independentistas cubanas, el jefe de la Revolución dijo acerca del significado del Grito de Yara: “Significa sencillamente el comienzo de cien años de lucha, el comienzo de la revolución en Cuba, porque en Cuba solo ha habido una revolución: la que comenzó Carlos Manuel de Céspedes el 10 de Octubre de 1868. Y que nuestro pueblo lleva adelante en estos instantes”. El vínculo de continuidad del proceso político cubano -desde sus primeros momentos cuando el aire era como griego en el seminario de La Habana, pasando por la finca La Demajagua y la manigua, hasta estos días dificilísimos- es la garantía de la existencia de la patria como entidad independiente, tal y como la querían, y pensaron, los constitucionalistas cubanos de ideas más avanzadas en 1901. Esa única revolución que a través de los años ha despertado los más apasionados sueños de los patriotas cubanos, aún cuando entre ellos es posible ver, históricamente, diferencias de juicio y criterios de acción, es la que pretenden derrotar los anexionistas de siempre, que se reciclan y se reinventan, se ponen los más descarados atuendos o muy sutiles ropajes, burdos y moderados todos apostando a que desde afuera le construyan la casa, o se la devuelvan. La revolución cubana, la que se fraguó entre ideas renovadoras, acciones militares sin precedentes y una vida política en constante riesgo y sobresalto, la que se inició con altruismo y coraje, es la misma que hoy intentan deshojar desde todos los ángulos los pálidos y los tibios, incapaces de ninguna grandeza, ni siquiera para hacer que sus ideas, si es que tienen, se materialicen.



Entre el diez de octubre de 1868 y el veinticinco de octubre de 2007 transcurre la historia de la patria cubana signada por el designio imperial de controlarla y por la defección y bastardía de algunos cubanos. El presidente Bush pronunció un discurso que atinó sólo en tratar de amenazar de la manera más soez y pedestre a Cuba. El gobierno de la República de Cuba replicó con una comparecencia de su canciller en la que sin dejar de reconocer la posibilidad real de un incremento en la agresión del gobierno norteamericano puso en su lugar a este ridículo personaje, vergüenza de su propio país. Los opositores (siempre que escribo opositores me parece que voy a escribir supositores, una combinación entre “sus” y “opositores”, amén de otras resonancias) y los intelectuales modernos acogieron el discurso de marras unos con gestos de asentimiento y otros con una rarísima combinación de indulgencia y mohines críticos, ninguno con vergüenza.

Así son ellos. Véase que celebran con una parranda tremenda el 20 de Mayo, escriben artículos, estrenan tesis postmodernas, hacen ferias de nostalgias y postalitas, se refieren a Tomás Estrada Palma en tono hagiográfico (yo mismo he estado apunto de llorar ante tanta pureza y pulcritud, sobre todo cuando me acuerdo de mis días juveniles en las escuelas al campo). Los que se dicen que entran al juego de la oposición por la puerta de la política de verdad se creen que viven en un protectorado norteamericano; sus declaraciones, acciones, manera de comportarse y finalidad es restituir el predominio del que gozaran los gobiernos norteamericanos en los casi sesenta primeros años del siglo XX. De política cubana saben lo que un senador de cualquier estado del medio oeste de los EE.UU. Tratan, los opositores, de adquirir las maneras, sentimientos, semblantes de los políticos norteamericanos, incluso me ha parecido, en ocasiones, descubrir un tibio cambio en el acento con el hablan, you know. El sicofante Montaner es el líder de estilo, la última moda de las ideas (¿) y de las corbatas. Nunca quisieron ser como el Che, siempre han querido ser como él, Carlos A. Montaner: “Hey, you guys, he is approachable. Just get in here and give up every thing you have”.

Pero nuestros intelectuales modernos, esos sí que le dieron la patada a la lata. Todo el que piense, sienta y se manifieste distinto ellos es reo de vergüenza intelectual, mediocridad de espíritu, estilo oblicuo, simpleza de expresión, “consignero” habitual –ellos son el tamiz, el rasero de la excelsitud literaria, del vigor y la enjundia intelectual, el último libro, la última tesis, la verdadera escuela cubana del pensamiento y la creación. ¡Cuidado con ellos! Si no pasas sus controles eres nadie. Ellos exigen que hagas gala de una neutralidad graciosa:

  • nada de repetir lo que se publica en Cuba ( a no ser para repudiarlo o burlarse),
  • no usar términos, frases, que no hayan sido sancionadas antes por las academias de la postmodernidad (ser novedoso, v.gr. para referirse al Che, favor de llamarlo feti-Che),
  • ser firmes cuando te refieres al sistema político cubano y sus líderes: dictadura, régimen, dictador, asamblea nacional controlada, prensa oficialista, etc.,
  • considerar a los EE. UU. como la primera y más grande democracia del mundo que siempre ha estado al lado de los cubanos decentes,
  • releer la historia de Cuba desde el centro a la derecha y, si es posible, moverse un poco al norte: buscar nuestro norte liberal,
  • nada de sueños, utopías, nuevos proyectos de convivencia social y civil; mucho metarrelatos, escrituras marginales, grados ceros, olvidar a quien sea que le toque el turno de ser olvidado,
  • aprender de una vez y para siempre que la ética es una disciplina filosófica que hay que dejar en el aula, el salón de conferencia, la animada tertulia,
  • busca cosas raras y poco trabajadas para exhibir erudición y sagacidad,
  • y, la regla de oro, todo vale para salirse del castrismo: desde un ensayo letrado hasta uno con c-4.

Nuestros muy dañados intelectuales (ellos gozan el subtítulo que aparece en Mínima Moralia de Adorno, lo usan como adorno): forzados al destierro, al exilio o a la cárcel. Como lobos esteparios, judíos errantes, se construyen la mar de fábulas, viven su propia ficción con fruición, son la mentira de las verdades, invirtiendo el apotegma de su muy venerado gurú, Vargas Llosa.



La Revolución Cubana tiene el deber de existir. Para disgusto de letrados y opositores, la revolución cubana tiene el deber de existir. Para malestar y jaqueca de los anexionistas de hoy, la revolución cubana tiene el deber de existir. Hay que pensar la revolución con sentido crítico e histórico, hay que corregir lo corregible, hay que hacer que transite hacia un estadio superior de existencia social, política, económica, cultural. La revolución no es un producto que se puede mejorar, no es mercancía de uso que pierde su valor. La Revolución es un proceso que ha informado la nación cubana desde que empezó a pensarse como algo propio y distinto. Dentro de la revolución -que comenzó en el seminario “San Carlos y San Ambrosio”, se desplegó y cantó en La Demajagua y en los campos y ciudades de Cuba, sobrevivió al atorrante y tormentoso designio de los EE. UU. de desfigurarla y que se mantiene victoriosa tras casi medio siglo de acosos gravísimos- es posible sentarse en cualquier parte del hemiciclo de la patria. Fuera de la revolución, nada.

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