Promesa rota

El firme propósito de lograr el distanciamiento bretchiano con respecto a Miami que me propuso un amigo, y que asumí como resolución para el año que recién comienza, se ha roto esta semana. Un par de incidentes menores, harto frecuentes en el Miami neurótico, han motivado este quebrantamiento temprano de la disciplina propuesta para el año nuevo. Aquí van: la ciudad de Miami está estudiando la posibilidad de realizar los “festejos” por la muerte de Fidel Castro en el Orange Bowl (sí, el mismo lugar donde los mercenarios de Playa Girón fueron recibidos después de haber sido canjeados por comida y maquinaria agrícola e industrial en 1963) y la “coletilla” hecha a un reportaje de un periodista venezolano a una radio local en la que éste se refirió a Fidel Castro como “líder” y “revolucionario”, entonces el celoso locutor, tocado en sus más teóricas (y patrióticas fibras) se inspiró y sermoneó al periodista de Venezuela, a la vez que aclaró su expediente de recto anticastrista, sobre lo que significa ser revolucionario; dijo las cosas más disparatadas, reptó, se retorció y casi sin aliento dijo, “Castro, ese es…es…(oigan el jadeo, el tartamudeo)… nada (y se desinfló)”. En ese momento se vino abajo la promesa a mi amigo de ser brechtiano, de no dejarme retar emocionalmente, porque tanta sinceridad existencial me conmovió.

Lo del Orange Bowl, lo del “festejo” por la muerte de Fidel, revela una vez más no sólo la insensatez de la clase política de Miami, sino su connivencia con los sectores más reaccionarios (y con los terroristas) del Miami cubano: políticos y terroristas entre tragos y contratos, ¿y el FBI y la División Anti-Corrupción del condado Miami-Dade? Bien. Buscando espías cubanos y a los que viajan a Cuba violando las regulaciones que el compasivo George W tuvo a bien promulgar, como todo en su soberano, en el verano de 2004. Lo del Orange Bowl también pudiera “leerse” (así me recomendaría mi amigo que hiciera) como la manifestación de una de las características típicas del comportamiento neurótico, esto es, tener pensamientos disfuncionales no realistas. Miami, que no es una entidad del debate político, es un lugar en que la irrealidad y la disfunción se hermanan, son un matrimonio perfecto, el manicomio sin portero del exilio cubano. Miami dejó la historia de lado y es ese (tropical) jardín donde los senderos no se bifurcan, sino que se confunden en un paisaje aguado, inodoro e insípido.

El celoso locutor, el de las imperativas alocuciones, se sintió herido en su sensibilidad patriótica, en su bayamesa alma, y corrigió al inoportuno venezolano que no llamó a Fidel por el nombre asignado a él en Miami (usted puede llamarlo de Castro para arriba), sino por sus cualidades líder y revolucionario. Realmente, no da para mucho el asunto, sólo para dejar constancia de la hipocresía y de la decadencia de estos personajes que nos gastamos por acá.

Lo único lamentable de todo esto es que mi promesa de aceptar el reto de vivir en Miami, con técnica brechtiana, se ha roto. Tendré que continuar asumiendo este infortunio con el estilo que Stanislavski recomendaba, estar sentimental y psicológicamente conectado con la puesta en escena, con los personajes que actúan en ella, con las exigencias misma del texto dramático.

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