Sunday, November 12, 2017

Litúrgicas (11)

Libros sobre mi "mesa de trabajo", que lo mismo está en el aula donde enseño, en el comedor de casa, o en el estudio. Mi "mesa de trabajo" son los libros que leo o consulto, o consulto mientras los leo y llevo de un lado a otro, libros nómadas, sin residencia fija. Cuando han sido leídos o consultados, los devuelvo al estante donde reposan su pertinencia hasta que los vuelva a extrañar, que es mi peculiar manera de necesitarlos, y los rescato de su silencio al mío, de su letra escrita a la mía por escribir. Libros sobre mi "mesa de trabajo", que abro, ahora, y leo. He aquí algunos pasajes,

Pirrón.
Al espíritu extremo se le acusa de locura como de un defecto extremo; únicamente la mediocridad es buena: esto ha sido establecido por la mayoría y es ella quien muerde a quien se escapa por el extremo que sea. No me obstinaré, admito con gusto que se me coloque allí, y rehúso estar en el extremo inferior, no porque sea inferior, sino porque es extremo, pues del mismo modo rechazaría que se me situase en el superior. Salirse de la humanidad es estar fuera del mundo medio.
La grandeza del alma humana consiste en saber estar ahí; tanta falta hace que la grandeza consista en salirse de este punto, que consiste precisamente en no salirse. [Este es el Pascal que confunde a quien busca en su escritura una lectura edificante. En Pascal, el desafío sin irreverencia. Tanto quieren obligarme a que piense (y sienta) la mismo (que ellos) que, pensándolo, pienso distinto, porque el solo hecho de que lo haga desde la consistencia conmigo mismo, me diferencia de ellos y no me ubica ni en el extremo inferior ni en el superior, sino en el medio, para que la grandeza explote de tanta medianía.]

I have already considered the Gospel in connection with the development of attestation. These documents are in the nature of testimonies: the accent is on historicity [...] The 'density' (so to speak) of the Gospel's duration is like that of human life, not the same from star to finish. At first monotonous and full of repetions, it quickens its tempo from the going up to Jerusalem, and still more during the Holy Week. In the Resurrection it attains its sublime climax. All leads up to it. [The Problem of Jesus, Jean Guitton. La paradoja es que un libro que intenta desacreditar la historia de Jesús, de desacralizar la historia de Jesús, me lleva a buscar textos que apuntalan, desde el reconocimiento de la persona y de la misión de Jesús, los dichos y los hechos que nos narran los evangelios. Así, este libro de Guitton como antídoto a El Reino de Emmanuel Carrère. Lo que importa de este fragmento es lo que dice de esos documentos y su conexión con lo histórico, y su apunte sobre la "densidad" de los mismos, su semejanza, en eso, a la vida humana. Esos documentos como atestaciones de aquellos que conocieron a Jesús, o de aquellos que escucharon a otros que lo conocieron a Él. All leads up to itTodo conduce a eso, a la Resurrección, a lo que la modernidad (los modernos), y más aun su post, combaten sin dar tregua con todas sus fuerzas, mente y corazón.  Porque es con la Resurrección (de la carne, como reza el credo católico y el ortodoxo) que lo histórico alcanza su plenitud o, para decirlo con Guitton, su climax sublime, pero la modernidad reduce toda la trascendencia a ese "espíritu" que revolotea dentro de la historia y se devora a sí mismo y se recicla en múltiples ideologías; entonces lo histórico pierde su trasfondo transcendente, y queda confinado a lo eventual inmanente.]

Si el cristianismo posee realmente un significado universal, hemos de afrontar esta paradoja: por una parte, el cristianismo trasciende toda definición histórica de lo que podríamos llamar la esencia de la fe cristiana; por otra parte, esta esencia a su vez sólo podrá encontrarse en determinadas realizaciones históricas [...] es imposible identificar la esencia del cristianismo exclusivamente con una forma histórica o con una determinada definición de la fe cristiana. [...] De aquí se sigue que el cristianismo se mantendrá vivo y será verdadero si cada época se pronuncia nuevamente a favor de Jesús de Nazaret partiendo de su propia relación con Jesucristo. [Jesús. Historia de un viviente, Edward Schillebeeckx. La última oración de la cita se refiere a la misma persona de dos maneras diferentes: una histórica, Jesús de Nazaret, y otra religiosa, Jesucristo, y lo que para cualquiera es una dualidad, aquí es unidad que se alcanza sólo en, y con, la fe. ¿Qué significa pronunciarse a favor de Jesús? Significa aceptar su proyecto de Reino que se explica en las bienaventuranzas y en la narración del joven rico que se acercó a Jesús a preguntarle lo que debía hacer para obtener la vida eterna. En la aceptación de esa propuesta de vida, el compromiso (del) cristiano se realiza históricamente—sale de la sacristía y se instala en la plaza. Pero la aceptación de una propuesta así conlleva una radicalidad que se puede alcanzar sólo desde un acto de fe. Es decir, la renuncia a las aspiraciones incluso más legítimas, desde un punto de vista meramente humano, necesita ese impulso, esa convicción, que se alcanza sólo desde el convencimiento más profundo de que la realidad que nos rodea no es el último acto, desde el reconocimiento de que aquello que no conocemos, pero avistamos, es real. Esa relación entre historia y fe es fundamental para comprender este hoy, este presente tan irreal, en que el proyecto de sociedad y de persona está claramente delineado como un proyecto de consumidores de bienes cada vez más virtuales, más vacíos de realidad. Hoy la historia se enseña como anécdota, no el corpus en que vivimos y que tenemos que ajustar a las necesidades de los seres humanos, a las necesidades materiales y a las exigencias éticas, a la preeminencia de los valores morales. Vivimos en un mundo dogmáticamente pragmático, en que la fe que se "practica" ha sido condensada en una receta para el delirio de la felicidad, una fe que descompromete y desconecta, una fe privatizada y monopolizada, sujeta a la oferta y la demanda, y como no puede ser distribuida justamente provoca neurosis—una sociedad neurótica, ajena, caótica. ¿En cuáles realizaciones históricas podremos encontrar la esencia de la fe cristiana?

Al azar: (Sobre qué clase de poesía vivirá.) Sólo lo que se allega, (apega?) a lo permanente es perdurable: o al espíritu humano, o al espíritu de la Naturaleza.—Eterna poesía lírica.—Ciencias, artes, costumbres—pues esas son notas vivas y graciosas, meros realces de color,—lo que las telas viejas, armaduras para los pintores.—Tómese de cada época lo peculiar y saliente que ella dé, y lo que la caracterice, pero como vestidura de lo permanente.— (...)Siento que todas las nubes de la tierra descienden sobre mi corazón.—Ni mi cuerpo ni mi alma pueden ya resistir este combate por la limpieza en mis afectos que parece imposible de lograr.—[Cuaderno de apuntes 11, Tomo 21, Obras Completas, José Martí, edición de 1975,—Ni que fuera necesario indicar el autor de esos apuntes del mejor de nosotros, que supo ver en el hoy lo permanente. Apunte que necesitaría de una exégesis exhaustiva y competente para adentrarse en la significación profunda de cada sentencia... Dilucidar, por ejemplo, lo permanente y esa insistencia en el espíritu humano o de la Naturaleza en un hombre que, de tan peculiar, impregnó toda una cultura con esa peculiaridad, que ya no podemos abandonar, renegar, a pesar de tanto esfuerzo por "deconstruirlo" y, “deconstruido” él, "deconstruir" no ya una nación o un proyecto de sociedad, sino aquello en lo que la una y lo otro se asientan—un modo de ser y de vivir, una cultura que se quiere proponer como civilización, con unos valores que de tan viejos son siempre nuevos, siempre inalcanzables en su natural pertenencia al reino de la justicia y de la verdad.


Libros sobre mi "mesa de trabajo"—algunos de modo permanente.

Litúrgicas (10)


El mes de noviembre comienza con dos celebraciones muy importantes en la liturgia católico-romana—el primer día del mes, la de Todos los Santos, y al día siguiente, la de los Fieles Difuntos. Dos celebraciones que tienen en común el anonimato, pues no se celebra a nadie en particular, sino la memoria, el recuerdo de todos, o—como se lee en el misal— "los que nos han precedido en el signo de la fe". En esos días se lee el evangelio de las bienaventuranzas (bienaventurados los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos por causa de la justicia) y aquel otro en que Jesús proclama que Él es el Camino, la Verdad y la Vida, probablemente de los más hermosos pasajes de los libros que narran la vida de Jesús, según dos de sus primeros discípulos, Mateo y Juan, de alguien que parece haber estado cerca del entorno del Maestro, Marcos, y por Lucas, discípulo de Pablo. Pienso, mientras asisto a las misas que recuerdan esas celebraciones, en lo que piensan los que no creen, en cómo es posible creer en todas esas cosas del cielo y del infierno, del purgatorio y de la vida eterna sin que la inmediatez y lo tangible no nos visiten en la forma de la duda. Pienso en los muertos, en todos los muertos, y me pregunto qué será de ellos y si sabrán de nosotros y cómo será la relación entre ellos, si recordarán. Sin embargo, pienso en que es más útil pensar en la santidad como un proyecto histórico, algo que se puede realizar en este aquí y este ahora, que dedicarse a tratar de dilucidar algo que nos sobrepasa. Ambas lecturas pueden ser consideradas, de ese modo, programas de vida—las bienaveturanzas nos dicen cómo debemos ser, sin afeites, de manera directa, y los testimonios de la vida de Jesús nos indican cómo lograr lo que debemos ser, a través de Él. La santidad está en las antípodas de las propuestas culturales de hoy, de la práctica social, y apela a la conciencia del ser humano, porque la supone orientada al bien, dispuesta a la verdad, redimible en su propia pequeñez. La mayoría pensamos en la santidad como un imposible, porque vivimos en un mundo en que las relaciones humanas (y las relaciones sociales de producción) están reducidas a puro genitalismo y vemos la santidad como la negación y la supresión del placer. Resulta curioso advertir que en ninguna de las bienaventuranzas se alude a la conducta sexual de los bienaventurados. En todas ellas resuena la preocupación por el otro y por el decoro de uno mismo; decoro que se manifiesta en mansedumbre, misericordia, limpieza; hay en ellas un llamado a la cordialidad y a la paz, al respeto y a la discreción. No nos es dado conocer ahora la vida eterna, la fe nos convida a la certeza en una vida futura, pero lo importante es trabajar para que el comportamiento histórico de los seres humanos esté cimentado en lo que enuncian las bienaventuranzas. Eso sería lo revolucionario.

Tuesday, October 31, 2017

Litúrgicas (9)

Pensé, tras su octava entrega, dar por terminada esta serie, que empezó titulándose "anotaciones litúrgicas", pasó luego a llamarse "apuntes litúrgicos" y acabó denominándose, sencillamente, "litúrgicas". Algo de epitafio tuvo la nota que precede la traducción del texto de Karl Rahner en la entrada anterior. Pero lo litúrgico no es repetición vacía de palabras y gestos, ni está sujeto al arbitrio de los desertores, y es, esencialmente, evocativo, envía señales. Rolando Prats, que con generosidad y competencia revisó la traducción de Rahner, sugirió hacer algunos cambios, entre ellos, sustituir el adjetivo "espiritual" por "interior", refiriéndose a ese hombre que se debate en asuntos "espirituales" o "interiores". La pertinencia del cambio estaba más que clara: el texto de Rahner usa "interior" cuatro veces en tres párrafos consecutivos para referirse al hombre, interior man, para referirse a la vida, interior life, y para referirse al recogimiento—que no al “recuerdo”, como inicialmente había creído yo—, interior recollection. La cuarta vez que el autor usa ese adjetivo, lo usa entrecomillado: Only through Your help can I be an "interior" man in the midst of my many and varied daily tasks (el subrayado es mío), como para usarlo en su sentido de espiritualidad. ¿Por qué habría de cambiar ese adjetivo y usar el de sentido más directo de "espiritual", si, de forma tan evidente, el traductor primero, del alemán al inglés, había decidido no hacerlo? Rolando argumentaba "Observa que en inglés está entre comillas. El más genérico “espiritual” no aparecería entrecomillado. Véase “hombre interior” en Rm 7, 22; Ef 3, 16)." Diligente fui a consultar la epístola de San Pablo a los Romanos, en el capítulo y versículo citados —Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios...— y Rolando, traductor exigente y puntilloso, tiene no solo toda la razón, lo cual es muy poco, sino que además le asiste la exactitud, el desvelo por la "infinitud de la forma" (escrito por Rolando en mensajes cruzados entre él y yo) y recuerdo también que me escribió: "Si yo creyese, viese a Dios en esa forma alcanzada a base de disciplina, de sacrificio"; entonces, no tengo otro remedio que acceder, como casi siempre, a sus consideraciones, y rendir mi "espiritual" a su "interior". En esa búsqueda, ese seguimiento, de la devoción por la forma, que no por lo formal que me anima a buscar, a seguir, me doy cuenta de que el versículo citado por Rolando como fundamento de su corrección es parte de las lecturas de la liturgia del día, de la misa, de la celebración de la Palabra y del sacramento de ese día en que intercambiamos esos mensajes y su revisión de mi traducción. No creo que sea feliz coincidencia, es la cadencia de la voz de Dios que se escucha, se lee, a través de los acontecimientos y de la palabra de los otros, que sale detrás de cualquier roca, que se presenta en lo menos imaginable y accedo a seguir esta "saga" de "litúrgicas" escrituras que no aspira sino a testimoniar, a celebrar, el encuentro de lo que acaba en infinito, en el acto y en la letra.

Thursday, October 19, 2017

Litúrgicas (8)

Esta vez quiero honrar al teólogo jesuita Karl Rahner quien dedicó mucho de su "rutina diaria" a pensar a Dios, a reflexionar sobre Él, a escribir sobre esas cosas que otros estiman "una tremenda estupidez" o, más prudentemente, "una insensatez". A pesar de mis "juegos" con lo litúrgico, de querer "secularizar la liturgia", mi liturgia personal es de signos cristianos y música sacra, de catedrales e iglesias parroquiales. Otras tradiciones litúrgicas, otros signos, otras músicas, asoman a mi sensibilidad y a mi percepción religiosa. Me son entrañables pero periféricas. Lo litúrgico no trata de la fe, sino de lo religioso—la fe, la certeza que se tiene de que la muerte es el comienzo y no el final, corresponde al espacio de lo más íntimo, dilucidar. Al final, la teología nos enseña que la fe es un don, un regalo—ningún esfuerzo intelectual la procura, ninguna filosofía, sólo la gracia. Me he esforzado en escribir unas "litúrgicas" que no han fluido, porque no han nacido de lo verdadero, de lo que soy, sino de lo que quisiera ser, o de lo que he tratado de ser. Encontrarse con uno mismo es el estilo.
Este texto apareció originalmente en alemán y fue traducido al inglés por otro jesuita, James M. Demske, S.J., en 1966. Desconozco si existe alguna traducción al español. Esta es una traducción de otra, y, como todas las traducciones, es un atrevimiento con la lengua y con el pensamiento del autor y, en este caso, con la del traductor primero. Agradezco a Rolando Prats, editor de Patrias. Actos y Letras y escritor audaz y exquisito, su gentileza y excelencia al revisar mi traducción, tan roma. Con este texto, que es una oración, quise cerrar un ciclo que intentó, infructuosamente, reflexionar con calidez y cercanía sobre un asunto tan del alma, pero otras "litúrgicas" están en camino para intentar, en el acto de repetir la letra, la redención.
God of My Daily Routine
Karl Rahner
I should like to bring the routine of my life before You, O Lord, to discuss the long days and tedious hours that are filled with everything else but You.
Look at this routine, O God of Mildness. Look upon us men, who are practically nothing else but routine. In Your loving mercy, look at my soul, a road crowded by a dense and endless column of bedraggled refugees, a bomb-pocked highway on which countless trivialities, much empty talk and pointless activity, idle curiosity and ludicrous pretensions of importance all roll forward in a never-ending stream.
When it stands before You and Your infallible Truthfulness, doesn't my soul look just like a market place where the second-hand dealers from all corners of the globe have assembled to sell shabby riches of this world? Isn't it just like a noisy bazaar, where I and the rest of mankind display our cheap trinkets to the restless, milling crowds?
Many years ago, when I was a schoolboy distinguished by the name of "philosopher", I learned that the soul is somehow everything. O God, how the meaning of that lofty-sounding phrase has changed! How different it sounds to me now, when my soul has become a huge warehouse where day after day the trucks unload their crates without any plan or discrimination, to be piled helter-skelter in every available corner and cranny, until it is crammed full from top to bottom with the trite, the commonplace, the insignificant, the routine.
What will become of me, dear God, if my life goes on like this? What will happen to me when all the crates are suddenly swept out of the warehouse? How will I feel at the hour of my death? Then there will be no more "daily routine"; then I shall suddenly be abandoned by all the things that now fill up my days here on earth.
And what will I myself be at that hour, when I am only myself and nothing else? My whole life long I have been nothing but the ordinary routine, all business and activity, a desert filled with empty sound and meaningless fury. But when the heavy weight of death one day presses down upon my life and squeezes the true and the lasting content out of all many days and long years, what will be the final yield?
Maybe at the last reckoning, at the time of the great disillusionment that will take place of the great illusion of my tritely spent earthly life, maybe then, O God, if you have been merciful to me, the genuine yield of my ungenuine life will only be a few blessed moments, made luminous and living by Your grace. Maybe then I shall see the few precious instants when the grace of Your Love has succeeded in stealing into an obscure corner of my life, in between the countless bales of second-hand goods that fill up my everyday routine.
How can I redeem this wretched humdrum? How can I turn myself toward the one thing necessary, toward You? How can I escape from the prison of this routine? Haven't You Yourself committed me to it? And didn't I find myself already in exile, from the very first moment I began to realize that my true life must directed toward You? Wasn't I already deeply entangled in the pettiness of everyday cares, when it first dawned on me that I must not allow myself to be suffocated under the weight of earthly routine?
Aren't You my Creator? Haven't You made me a human being? And what is a man but a being that is not sufficient to itself, a being who sees his own insufficiency, so that he longs naturally and necessarily for Your Infinity? What is a man but the being who must follow the urge to run toward Your distant stars, who must keep up his chase until he has covered all the highways and byways of this world, only in the end to see your stars still coursing their serenely ordered way—and as far away as ever?
Even if I should try to escape from my routine by becoming a Carthusian, so that I'd have nothing more to do but spend my days in silent adoration of Your holy presence, would that solve my problem? Would that really lift me out of my rut?
I'm afraid not, since not even the sacred actions I now perform from the corrosive dust of this spirit of routine. When I think of all the hours I have spent at Your holy altar, or reciting Your Church's official prayer in my Breviary, then it becomes clear to me that I myself am responsible for making my life so humdrum. It's not the affairs of the world that make my days dull and insignificant; I myself have dug the rut. Through my own attitude I can transform the holiest events into the grey tedium of dull routine. My days don't make me dull—it's the other way around.
That's why I now see clearly that, if there is any path at all on which I can approach You, it must lead through the very middle of my ordinary daily life. If I should try to flee to You by any other way, I'd actually be leaving myself behind, and that, aside from being quite impossible, would accomplish nothing at all.
But is there a path through my daily life that leads to You? Doesn't this road take me ever farther away from You? Doesn't it immerse me all the more deeply in the empty noise of worldly activity, where You, God of Quiet, do not dwell?
I realize that we gradually get tired of the feverish activity that seems so important to a young mind and heart. I know that the taedium vitae, of which the moral philosophers speak, and the feeling of satiety with life, which Your Scripture reports as the final earthly experience of Your patriarchs, will also become more and more my own lot. My daily routine will automatically turn into the great melancholy of life, thus indirectly leading me to You, the infinite counterpart of this earthly emptiness.
But I don't have to be a Christian to know that—don't the pagans experience it too? Is this the way my everyday life is supposed to lead to You? Do I come into Your presence just because this life has revealed its true face to me, finally admitting that all is vanity, all is misery?
Isn't that the road to despair rather than the way to You? Isn't it the crowning victory for routine, when a man's burned-out heart no longer finds the least bit of joy in things that formerly gave him relief, when even the simple things of his ordinary life, which he used to be able to call upon to help him over the periods of boredom and emptiness, have now become tasteless to him?
Is a tired and disillusioned heart any closer to You than a young and happy one? Where can we ever hope to find You, if neither our simple joys nor ordinary sorrows succeed in revealing You to us? Indeed our day-to-day pleasures seem somehow especially designed to make us forget about You, and with our daily disappointments it's no better: they make our heart so sick and bitter that we seem to lose any talent we ever had for discovering You.
O God, it seems we can lose sight of You in anything we do. Not even prayer, or the Holy Sacrifice, or the quiet of the cloister, not even the disillusion with life itself can fully safeguard us from this danger. And thus it's clear that even these sacred, non-routine things belong ultimately to our routine. It's evident that routine is not just a part of my life, not even just the greatest part, but the whole. Every day is "everyday". Everything I do is routine, because everything can rob me of the one and only thing I really need, which is You, my God.
But on the other hand, if it's true that I can lose You in everything, it must also be true that I can find You in everything. If You have given me no single place to which I can flee and be sure of finding You in every place, in each and everything I do. Otherwise I couldn't find You at all, and this cannot be, since I can't possibly exist without You. Thus I must seek You in all things. If every day is "everyday", then every day is Your day, and every hour is the hour of Your grace.
Everything is "everyday" and Your day together. And thus, my God, I again understand something I have always known. A truth has again come to life in my heart, which my reason has already often told me—and of what value is a truth of reason when it is not also the life of the heart?
Again and again I must take out the old notebook in which I copied that short but vital passage from Ruysbroeck many years ago. I must reread it, so that my heart can regrasp it. I always find consolation in rediscovering how this truly pious man felt about his own life. And the fact that I still love these words after so many years of routine living is to me a sacred pledge that You will one day blessed my ordinary actions too.
God comes to us continually, both directly and indirectly. He demands of us both work and pleasure, and wills that each should not be hindered, but rather strengthened, by the other. Thus the interior man possesses his life in both these ways, in activity and in rest. And he is whole and undivided in each of them, for he is entirely in God when he joyfully rests, and he is entirely in himself when he actively loves.
The interior man is constantly being challenged and admonished by God to renew both his rest and his work. Thus he finds justice; thus he makes his way to God with sincere love and everlasting works. He enters into God by means of the pleasure-giving tendency to eternal rest. And while he abides in God, still he goes out to all creatures in an all-embracing love, in virtue and justice. And that is the highest stage of the interior life.
Those who do not possess both rest and work in one and the same exercise, have not yet attained this kind of justice. No just a man can be hindered in his interior recollection, for he recollects himself as much in pleasure as in activity. He is like a double mirror, reflecting images on both sides. In the higher part of his spirits he receives God together with all His gifts; in the lower he takes in corporeal images through his senses...
I must learn to have both "everyday" and Your day in the same exercise. In devoting myself to the works of the world, I must learn to give myself to You, to possess You, the One and Only Thing, in everything. But how? Only through You, O God. Only through Your help can I be an "interior" man in the midst of my many and varied daily tasks. Only through You can I continue to be in myself with You, when I go out of myself to be with the things of the world.
It's no anxiety or non-being, not even death that can rescue me from being lost to the things of the world. Not the modern philosophers, but only Your love can save me, the love of You, who are the goal and the attraction of all things. Only You are fulfillment and satiety, You who are sufficient even unto Yourself. It is only the love of You, mu Infinite God, which pierces the very heart of all things, at the same time transcending them all and leading upward into the endless reaches of Your Being, catching up all the lost things of earth and transforming them into a hymn of praise of Your Infinity.
Before You, all multiplicity becomes one; in You, all that has been scattered is reunited; in Your Love all that has been merely external is made again true and genuine. In Your Love all the diffusion of the day's chores comes home again to the evening of Your unity, which is eternal life.
This love, which can allow my daily routine to remain routine and still transform it into a home-coming to You, this love only You can give. So what should I say to You now, as I come lay my everyday routine before You? There is only one thing I can beg for, and that is Your most ordinary and most exalted gift, the grace of Your Love.
Touch my heart with this grace, O Lord. When I reach out in joy or in sorrow for the things of this world, grant that through them I may know and love You, their Maker and final home. You who are the Love itself, give me the grace of love, give me Yourself, so that all my days may finally empty into the one day of Your eternal Life.
Dios de mi rutina diaria
Karl Rhaner
Desearía, oh Señor, poner delante de Ti la rutina de mi existencia, hablarte de los largos días y las tediosas horas que se llenan de todo lo que no eres Tú.
Contempla esta rutina, oh Dios de la Bondad. Contémplanos a nosotros, los hombres, que apenas somos sino rutina. En Tu amorosa piedad, contempla mi alma, camino abarrotado por una densa e interminable columna  de refugiados enlodados, carretera bombardeada, en  que innumerables trivialidades, palabras vanas y afanes sin sentido, curiosidad ociosa y ridículas ínfulas se arrastran en una avalancha interminable.
Cuando  se presenta ante Ti y Tu Verdad infalible, ¿no se asemeja mi alma a un mercado en que traficantes de artículos de segunda mano de todos los rincones del planeta se reúnen para vender las raídas riquezas de este mundo? ¿No es como un bazar ruidoso en que el resto de la humanidad y yo exhibimos nuestras baratijas a multitudes impacientes y errantes?
Hace muchos años, cuando en la escuela se me distinguía con el nombre de "filósofo", aprendí que el alma, de alguna manera, es todo. Oh, Dios, ¡cómo ha cambiado el sentido de esa frase altisonante! Qué diferente me suena ahora, cuando mi alma se ha convertido en un enorme almacén en que, día tras día, una fila de camiones descargan sus mercancías sin ningún cuidado ni discernimiento, para ser amontonadas atropelladamente en cada rincón y rendija disponible, hasta que no quepa una banalidad, un  lugar común, una insignificancia, una monotonía más.
¿Qué será de mí, mi Dios querido, si continúo viviendo de esta manera? ¿Qué ocurrirá cuando, de repente, todas esas mercancías sean barridas del almacén? ¿Cómo me sentiré en la hora de la muerte? Entonces, no habrá más "rutina diaria"; entonces, de pronto, seré abandonado por todas las cosas que ahora colman mis días aquí en la tierra.
¿Y qué será de mí a esa hora, cuando no sea otra cosa que yo mismo y nada más? Mi vida no habrá sido otra cosa que rutina diaria, toda afán y actividad, un desierto lleno de sonidos vanos y de furia sin propósito. Pero cuando el peso abrumador de la muerte comience a aplastar mi vida y extraiga las cosas verdaderas y duraderas de todos esos muchos días y largos años, ¿cuál será el dividendo final?
Tal vez, el día del juicio final, en el momento de la gran desilusión que sucederá a la gran ilusión de mi vida terrenal desperdiciada de manera tan manida, tal vez entonces, oh Dios, si te has apiadado de mí, el auténtico fruto de mi inauténtica vida sean sólo unos pocos momentos bienaventurados, vueltos luminosos y vivos por Tu gracia. Tal vez, entonces, veré los pocos y preciosos instantes en que la gracia de Tu Amor ha logrado deslizarse subrepticiamente hacia un oscuro rincón de mi vida, entre los incontables fardos de bienes de segunda mano que llenan mi rutina diaria.
¿Cómo puedo redimir este tedio miserable? ¿Cómo puedo volverme hacia lo único necesario, hacia Ti? ¿Cómo puedo escapar de la prisión que es esta rutina? ¿Acaso no has sido Tú quien me ha comprometido a ello? ¿Y no me sorprendí ya exiliado desde el momento en que me di cuenta de que mi verdadera vida debía estar dirigida hacia Ti? ¿No estaba ya profundamente enredado en la mezquindad de los quehaceres cotidianos cuando me di cuenta de que no debía permitir que el peso de la rutina terrenal me sofocara?
¿No eres mi Creador? ¿No me has hecho un ser humano? ¿Y qué es un hombre sino un ser que no se basta a sí mismo, que ve su propia insuficiencia, de modo que anhela, natural y necesariamente, Tu Infinitud? ¿Qué es un hombre sino un ser que debe seguir el impulso de correr hacia Tus lejanas estrellas, que debe mantenerse en ese camino hasta que haya dejado atrás todos los caminos y senderos de este mundo, sólo para al final volver a ver Tus estrellas siguiendo su ordenado y sereno curso, tan lejos como siempre?
Incluso si tratara de escaparme de mi rutina haciéndome cartujo, de modo que no tuviera otra cosa que hacer que dedicar mis días a la adoración silenciosa de Tu santa presencia, ¿resolvería mi problema? ¿Me sacaría eso de mi rutina?
Me temo que no, pues ni siquiera las cosas sagradas que hago están libres del polvo corrosivo de este espíritu de rutina. Cuando pienso en las horas que he pasado ante tu santo altar, o rezando la oración oficial de Tu Iglesia en mi Breviario, entonces me queda claro que yo mismo soy responsable de que mi vida sea tan tediosa. No son las cosas del mundo las que hacen mis días sean anodinos e insignificantes—yo mismo he cavado mi fosa. Con mi propia actitud puedo transformar los hechos más sagrados en el tedio gris y aburrido de la rutina No son mis días los que me hacen aburrido, sino a la inversa.
Por eso ahora veo con claridad que si hubiera alguna senda por la que acercarme a Ti, tendría que conducirme por el mismo centro de mi vida cotidiana. Si tratara de huir hacia Ti por cualquier otro camino, estaría dejándome atrás a mí mismo, y ello, además de ser absolutamente imposible, no lograría nada en absoluto.
 ¿Existe alguna senda en mi vida diaria que me lleve a Ti? ¿No me aleja todavía más de Ti ese camino? ¿No me sumerge aún más profundamente en el vano ruido de la actividad mundana, donde Tú, Dios de la Quietud, no tienes Tu morada?
Me doy cuenta de que poco a poco nos cansamos de toda esa actividad febril que parece tan importante para los jóvenes. Sé que el taedium vitae, del que hablan los filósofos morales, y el sentimiento de saciedad con la vida, que Tu Escritura señala como la última experiencia terrenal de Tus patriarcas, también se habrá de convertir cada vez más en mi propia suerte. Mi rutina diaria se transformará, automáticamente, en la gran melancolía de la vida, conduciéndome indirectamente a Ti, contrapartida infinita de este vacío terrenal.
Pero no tengo que ser cristiano para saber esto, ¿no es esta experiencia también común a los paganos? ¿Es así como se espera que mi vida cotidiana me lleve a ti? ¿Me presento ante Ti sólo porque esta vida me ha revelado su verdadero rostro, reconociendo finalmente que todo es vanidad, todo es miseria?
¿No es este el camino a la desesperación más que el camino hacia Ti? ¿Acaso no es esta la victoria suprema de la rutina, cuando el corazón exhausto de un hombre ya no encuentra el menor gozo en las cosas que antes le procuraban alivio, cuando incluso las cosas simples de su vida ordinaria, que solía invocar para que lo ayudaran durante los períodos de aburrimiento y vacío le parecen ahora insípidas?
¿Se encuentra un corazón cansado y desilusionado más cerca de Ti que uno joven y feliz? ¿Dónde podríamos esperar Encontrarte si ni las simples alegrías ni las penas ordinarias logran revelarnos Tu rostro? Así, nuestros placeres cotidianos parecen haber sido especialmente diseñados para que nos olvidemos de Ti, y no nos va mejor con nuestras desilusiones diarias, que nos enferman y amargan el corazón a tal punto que parece abandonarnos todo el don que jamás nos haya sido dado para Descubrirte.
Oh Dios, diríase que podemos Perderte de vista en cualquier cosa que hagamos. Ni siquiera la oración, ni el Santo Sacrificio, ni la quietud del claustro, ni siquiera la desilusión con la vida misma pueden resguardarnos totalmente de este peligro. Y así, es claro que incluso esas cosas sagradas, no rutinarias, a la larga pertenecen  a nuestra rutina. Es evidente que lo rutinario no es sólo parte de mi vida, incluso ni siquiera la mayor parte, sino toda mi vida. Cada día es "todos los días". Todo lo que hago es rutinario, porque todo me puede apartar de lo único que realmente necesito, que eres Tú, mi Dios.
Y sin embargo, por otro lado, si es verdad que puedo Perderte en todo, también es cierto que puedo Encontrarte en todo. Si Tú no me has dado un solo lugar hacia donde huir seguro de Encontrarte en cada sitio, en cada cosa que hago. De lo contrario, no Te podría encontrar en absoluto, y ello es imposible, pues no podría existir sin Ti. Así Te debo buscar en todas las cosas. Si cada día es "todos los días", entonces cada día es Tu día y cada hora es la hora de Tu gracia.
Todo es la suma de "todos los días" y de Tu día. Y así, Dios mío, comprendo una vez más lo que siempre he sabido. Una verdad ha renacido en mi corazón, algo que mi razón me dice con frecuencia—¿de qué vale la verdad de la razón si no es también la vida del corazón?
Una y otra vez he de sacar el viejo cuaderno en que anoté ese breve, pero esencial pasaje de Ruysbroeck hace muchos años. He de releerlo con frecuencia para que mi corazón lo vuelva a comprender. Siempre hallo consuelo en el redescubrimiento de lo que este hombre, verdaderamente piadoso, pensaba de su propia vida. Y el hecho de que todavía ame esas palabras después de tantos años de vida rutinaria es para mí la promesa sagrada de que algún día también bendecirás mis acciones ordinarias.
Dios viene a nosotros continuamente, directa e indirectamente. Nos exige tanto esfuerzo como placer y es su deseo que nos fortalezcamos unos a otros, en vez de entorpecernos los unos a los otros. De manera que el hombre interior está en posesión de su vida de ambos modos, en la actividad y en el reposo. Y está él todo e indiviso en una y en el otro, porque está todo en Dios cuando reposa gozosamente y está todo en sí mismo cuando ama activamente.
El hombre interior es constantemente desafiado y amonestado por Dios para que renueve tanto su reposo como su trabajo. Así encuentra justicia; y así se abre camino hacia Dios, con amor sincero y obras duraderas. El hombre entra en Dios por medio de la placentera tendencia al reposo eterno. Y al mismo tiempo que permanece en Dios, se acerca a todas las criaturas con un amor que todo lo abarca, en justicia y virtud. Y ese es el escalón más alto de la vida interior.
Aquellos que no hayan hecho del reposo y el trabajo una misma cosa, no han alcanzado ese tipo de justicia. Ningún hombre justo puede verse entorpecido en su recogimiento interior, pues se recoge tanto en el placer como en la actividad. Es como un doble espejo, que refleja las imágenes a ambos lados. En la parte más elevada de su espíritu recibe a Dios junto con todos Sus dones; en la más baja, las imágenes del cuerpo a través de sus sentidos...
Debo aprender a estar en "todos los días" y en Tu día en el mismo acto. En mi dedicación a las obras del mundo, debo aprender a entregarme a Ti, a poseerte a Ti, el Uno y el Único que está en todas las cosas. Pero ¿cómo? Sólo a través de Ti, oh Dios. Sólo con Tu ayuda puedo ser un hombre "interior" en medio de mis muchas y diversas tareas cotidianas. Sólo a través de Ti puedo seguir en mí Contigo, cuando salgo de mí para estar con las cosas del mundo.
Ni la ansiedad ni el no-ser, ni siquiera la muerte, pueden salvarme de perderme en las cosas del mundo. Los filósofos modernos no pueden salvarme—sólo Tu amor puede salvarme, el amor de Ti, que eres la meta y el imán de todas las cosas. Sólo Tú eres cumplimiento y saciedad, Tú, que te bastas a Ti mismo. Sólo el amor de Ti, mi Dios infinito, penetra el corazón de todas las cosas, y al mismo tiempo las trasciende a todas y las eleva hasta lo ilimitado de Tu Ser, transformando todas las cosas perdidas de la tierra en un himno de alabanza a Tu Infinitud.
Ante Ti, toda multiplicidad se transforma en unicidad; en Ti, todo lo desparramado es recogido; en Tu Amor todo lo que ha sido mera apariencia vuelve a ser verdadero y genuino. En Tu Amor, toda la distracción de las tareas del día regresa a casa en la noche de Tu unidad, que es la vida eterna.
Este amor, que hace que mi rutina diaria siga siendo rutinaria y aun así se transforme en regreso a Ti, solo lo puedes dar Tú. ¿Qué debo entonces decirte a Ti ahora que vengo a mostrar delante de Ti mi rutina diaria? Sólo una cosa pido, y es Tu más ordinario y al mismo tiempo más eminente don, la gracia de Tu Amor.

Toca mi corazón con esa gracia, oh Señor. Cuando tienda mis brazos hacia ti con alegría o tristeza por las cosas de este mundo, concédeme que a través de ellas pueda conocer y amarte a Ti, su Creador y destino final. Tú que eres el Amor mismo, dame la gracia del amor, dámete a Ti mismo, para que todos mis días puedan finalmente vaciarse en el único día de Tu Vida eterna.