Sunday, July 16, 2017

Cien años de Juan Rulfo

He visto en repetidas ocasiones, en YouTube, la conversación entre Joaquín Soler Serrano y Juan Rulfo. Conversación que lo es apenas, casi un interrogatorio en que el acusado del crimen (de ser escritor) accede voluntariamente a ser interrogado por el detective (el crítico), y éste tiene que arrancarles las respuestas a sus observaciones, a sus preguntas... Como en todo interrogatorio, la voluntariedad es cuestionable... Así es Juan Rulfo, o así parece ser Juan Rulfo, retraído, de pocas palabras, cuyos únicos gestos se reducen a sostener los espejuelos negros en una mano o llevarse el cigarrillo a la boca con la otra, boca que parece haber adoptado la forma del cigarrillo —tiene como una hendidura en el labio inferior, y habla en voz baja, tan baja como la de Faulkner, tan baja que cada vez que vuelvo a mirar el programa de la televisión española de 1976 descubro cosas que dijo que no había escuchado antes, tal como me ocurrió cuando escuché —más de una vez— la grabación de la alocución de Faulkner en ocasión de recibir el premio Nobel... El mismo Faulkner que, él, Rulfo, dice admirar pero del que se distancia con pudor, no con un mojigato non sum dignus, sino porque dicen que dijo, Rulfo, que cuando escribió Pedro Páramo no conocía a Faulkner, mientras otros insisten en lo faulkneriano de la novela de marras. Será difícil esclarecer este punto, a todas luces irrelevante, comidilla para espíritus sosos, porque en la historia de la literatura o, mejor dicho, en el cuento que es la historia de la literatura, es más difícil separar la realidad de la ficción que hacer que un rico entre en el reino de los cielos. Lo cierto es que Rulfo dice que en su única novela no está Faulkner, pero dice también que lo admira, a Faulkner, como a Cortázar, a Onetti, a Salvador Elizondo, a Ferlosio... Lo importante es leer este video de Rulfo, porque es una experiencia visual de la lectura de cualquiera de sus cuentos o de su única novela: el hombre profundamente solo, huraño, escueto, abocado siempre a la violencia, una violencia de la que comenzó a ser testigo y víctima, según nos revela, en el orfanato, cuando era niño, y ya su abuelo y su padre habían sido asesinados por los cristeros, y su madre había muerto, y estaba rodeado de la violencia institucional y del siempre violento mundo infantil cuando está acuartelado... Nos cuenta Rulfo de la violencia de las pandillas en el orfanato y de la violencia de los que estaban a cargo de la administración del lugar. Quizás por eso escribe una obra que de tan lacónica parece que no dice nada, una obra en que la violencia es un protagonista trabajado desde una mirada, la de Rulfo, que transpira tanta paciencia... y no habla de la violencia de esos hombres pacíficos, dice él, que parecen pacíficos y son capaces de desdoblarse en los seres violentos que no aparentan ser, y que de eso se trata, vuelve a decir, cuando crea a sus personajes, de imaginarlos como no son, quizás con alguna bondad hosca, sola, rodeada de historias violentas, portadores de una depresión a imagen y semejanza de la suya, la de Rulfo, que se le reveló, responde al interrogador Soler, en el orfanato: "...bueno, lo único que aprendí fue a deprimirme... que todavía no se me puede curar, ¿no? He aprendido a vivir con la soledad..." Y en el apellido de Pedro, Páramo, sinónimo de tranquilidad... Al fin y al cabo, como él mismo apuntara en los cuadernos publicados en 1994 por su viuda, la "más grande riqueza que existe sobre la tierra es la tranquilidad..." Entonces, me doy cuenta de que es eso precisamente lo que envidié —mientras miraba, absorto, en repetidas ocasiones, el interrogatorio de Rulfo— de la personalidad de Rulfo, la tranquilidad que emanaba de sus palabras y de sus silencios... Algunas fuentes apuntan a 1918 como el año de su nacimiento, otras a 1917, me quedo con esta y con esa anécdota que leí, quizás en alguna fuente apócrifa, y que recuerda esa otra que habla de la primera vez que se vieron frente a frente Igmar Bergman y Andrei Tarkovsky, y que cuenta que Onetti y Rulfo se encontraron en un café en París y pasaron tres horas, en silencio, uno frente al otro, sin decir una palabra, hasta que Rulfo, dicen que con su proverbial sencillez —diría yo laconismo— le dijo —le espetó, diría, otra vez, yo—, Otra vez será.

--> -->

Tuesday, June 13, 2017

Fernando Martínez Heredia In Memoriam


Sí, fue por los años de la perestroika, en algún momento de1988... O no, no fue en 1988, sino en 1989, aquel definitorio 1989, pero de signo amargo, no como treinta años antes, en mil novecientos cincuenta y nueve, cuando esperanza se paseaba alegremente del Cabo de San Antonio a la Punta de Maisí y saludaba a todos, aunque hubo quien no le devolvió el saludo... En cambio, 1989 fue el desconcierto, el final del siglo veinte, del socialismo real, el único que hemos tenido, no el último... Quizás no haya sido ni en 1988, ni en 1989, sino en 1987... No recuerdo ya, ¡tan imprecisa que se vuelve la memoria! Y sí, es importante que recuerde, que haga un esfuerzo por recordar, porque es importante que ubique la vez que, sin más recursos que lo que pudiera hacer por mí mismo, sin conocidos que conocieran, me presenté en la casona de la barriada de Miramar que servía de sede del Centro de Estudios de América (CEA) y pedí ver a Fernando Martínez Heredia, a la sazón Director del Centro, y me preguntaron que para cuál organismo o institución trabajaba y respondí que para ningún organismo o institución, que era estudiante de la Facultad de Historia de la Universidad de La Habana y que deseaba conversar con el Director, acerca de un artículo que este había publicado. Minutos más tarde estaba en su oficina, sin ningún protocolo ni boato que entorpeciera la normalidad, sin maneras tan exageradamente corteses que intimidaran. Me recibió, me pidió que me sentara, me preguntó mi nombre y qué me traía por allí. Un tiempo antes, había leído un artículo publicado por él, por Fernando Martínez Heredia, sobre cristianismo y revolución en América Latina, tampoco recuerdo sin en los cuadernos que entonces publicaba el mismo CEA o en la revista Casa que todavía publica Casa de las Américas. El tema  me interesaba por partida doble: personalmente, por ser un católico que estudiaba en una facultad de ciencias sociales marxistas y que vivía en un Estado revolucionario confesionalmente ateo; además, ese era el tema, o tópico, de mi tesis de grado para sacar la licenciatura: religión y revolución en América Latina, así le dije a Fernando, temblando por dentro, porque sabía que el CEA era una dependencia del Comité Central del Partido Comunista, que Fernando era comunista y revolucionario, que yo era todo lo contrario y que aquello podría traerme consecuencias duras —porque en aquella Cuba no se jugaba, la cosa iba en serio. Fernando me dejó hablar, y yo hablé, y cada vez me sentía más en confianza, y me atrevía a hacer críticas más delicadas, siempre respetuoso, y critiqué varios aspectos de su artículo que yo consideraba fundamentalmente bueno, pero al que había precisiones que hacerle, sobre todo en lo que tenía que ver con las prácticas y el ordenamiento canónico de la iglesia. Él preguntaba para precisar un detalle, una fecha, sonreía para que me sintiera más cómodo, sin altanería. Fue una conversación larga, distendida, con café y agua de por medio. Conversamos otras muchas veces. Me permití, cada vez, ser más crítico, y él me respondía cada una de mis críticas con una paciencia y magisterio que nunca he olvidado, que nunca olvidaré, porque son hoy parte de mis pensamientos... Le decía a él que mis conversaciones —él precisaba, nuestras— eran como una catequesis revolucionaria. Aprendí mucho con y de él, de la revolución, del socialismo, de Cuba, del análisis social, de la política, aunque no fui un catecúmeno ni dócil ni disciplinado... Tan indisciplinado que años después di el salto mortal.

Ayer lunes doce de junio de este año de 2017, a escasos dos días del catorce de junio, día oficial del natalicio de su admirado Che (se ha disputado la fecha),  y a cien años de la Revolución de Octubre, el evento que Fernando  consideraba decisivo en la historia de la redención humana, murió en La Habana, no podía o no debía ser en otro sitio, el comunista, el revolucionario, el patriota, Fernando Martínez Heredia, cuya obra se ha convertido en referente obligado del pensamiento social revolucionario cubano contemporáneo, porque en ella se anudó, con la pertinencia y el rigor del análisis y la decencia ética,  lo más auténtico y legítimo de las aspiraciones libertarias y redentoras de los hombres de buena voluntad.