No sé por qué no habría de escribir sobre los cinco cubanos presos en los Estados Unidos condenados por una serie de delitos que van desde no registrarse como agentes de un gobierno extranjero hasta conspiración para cometer asesinatos pasando, claro está, por espionaje. El gobierno cubano les da tratamiento de héroes; para las huestes anticastristas son vulgares espías y cómplices de asesinato. Pienso que fueron juzgados sin apego a las tradiciones jurídicas norteamericanas y ello derivó en juicio amañado, unas convicciones cuestionables y unas sentencias desmesuradas. En buena ley, estos hombres violaron la legalidad norteamericana: no inscribirse como agentes extranjeros, falsa identidad, pasaportes falsos, pero no infiltraron estamentos de gobierno alguno, no "pasaron" secretos de estado a Cuba, es más sus informes a La Habana se le pasaron al FBI como pruebas de actividades criminales que se planeaban cometer en el propio territorio norteamericano. Los cinco presos fueron diez cuando el FBI desactivó la red Avispa. Cinco de ellos cedieron a las presiones de las autoridades; los otros cinco no aceptaron los cargos, fueron a juicio y hallados culpables. Estos últimos han pagado en demasía sus delitos, las violaciones que cometieron para cumplir con la misión de monitorear las actividades de ciertos exiliados, algunos de ellos acusados y convictos de actividades violentas o posesión de armamento por las mismas autoridades judiciales que condenaron a los agentes cubanos. No se pueden obviarlas circunstancias políticas que condicionaron, y condicionan, este caso. La justicia debe imponerse a la legalidad siempre que ésta impida la primera. Esos cinco presos deben ser repatriados y el capítulo zanjado en virtud de lograr una mayor distensión entre ambas naciones que conduzca al alivio de las tensiones, presiones y angustia en la vida de todos los cubanos, cualquiera sea la orilla de residencia.

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