Algunas consideraciones

La revista "Palabra Nueva" de la Archidiócesis de La Habana publicó un artículo de opinión firmado por Orlando Márquez, laico católico y director de la misma, sobre el tema de las reformas, o actualizaciones, del modelo económico cubano. El artículo de marras se titula "Sin miedo a la riqueza". En tanto artículo de opinión es válido y legítimo el ejercicio del criterio y el espacio desde el que se ejerce. Las opiniones casi siempre traslucen nuestros "colores" políticos, inclinaciones ideológicas, valores éticos, inclusive falta de información, alguna que otra ignorancia, prejuicios, etc. Este texto sobre "la creación de riquezas", su impacto social y recepción moral merece ser comentado, también, a modo de opinión.

Para algunos la identidad cristiana, o católica como prefiere el autor definirse, es una condición que le permite al individuo situarse más allá de la historia, más allá de las contradicciones sociales, de las pulsiones, de las pasiones, de la ideología -situarse literalmente en la meta-historia desde donde construyen unos meta-relatos sobre la realidad que raramente pueden esconder el desatino, cuando no la ideología subyacente a las narraciones sobre la formación histórica de la riqueza, su rol social, su contenido ético.

En el artículo de Márquez hay un párrafo que merece ser citado in extenso:

"Yo sí creo que Jesús dijo aquello de que es más fácil ver pasar un camello por el ojo de una aguja que ver entrar un rico en el Reino de los cielos; pero no por creer esto estimo que sea imposible. Incluso puede que algunos ricos se adelanten a otros no tan ricos a gozar de la vida eterna. Después de todo, ni siquiera Jesús condenó al joven rico del evangelio y más bien nos permite concluir que se podría condenar a sí mismo por hacer de la riqueza lo más importante de su vida. El mal no está en la riqueza o en la pobreza, sino en el modo de vivir esas realidades, y en la honradez y la bondad que imprimamos a nuestras vidas, sea de ricos o de pobres. Si bien se pone en dudas el origen de muchas riquezas, no se debe dudar del buen origen de otras o del buen uso que le dan algunos dueños." (El subrayado es mío)

En este párrafo hay una profesión de fe religiosa –hasta el subrayado- a la que sigue una lectura ideológica de un pasaje evangélico a la que sucede una última oración dirigida a mover las almas piadosas. El "mal no está en la riqueza o en la pobreza, sino" en las estructuras sociales, las relaciones de producción, el ordenamiento jurídico y la distribución de la riqueza creada colectivamente que privilegia un sector, siempre minoritario de la sociedad sobre otro. Solo a modo de ejemplo, en el 2007, el 1% de la población norteamericana adueñaba el 34.6 % de la riqueza producida en el país y el restante 99%, el 65.4%. ¿Cómo se puede entender y aceptar esa situación desde una perspectiva ética cristiana? De la estructura y contexto histórico que propicia esta situación de injusta distribución de la riqueza es de lo que se trata, no de la posible bondad o no de algunos "dueños" de la riqueza. Una sociedad, si quiere en verdad ser justa y solidaria, no puede descansar sobre presunciones moralistas y anecdóticas. En el análisis de la sociedad, la política y la economía hace falta metodología para garantizar un mínimo de rigor y seriedad.

Sin duda alguna, el modelo económico cubano necesita reformarse, actualizarse, reordenarse –cualquiera sea el término que se use no altera la necesidad de cambiar dramática y estructuralmente tal modelo, para hacerlo más eficiente, para adaptarlo a un mundo que no se parece en nada al que acabó con la desaparición de la URSS y los países del campo socialista, y a una economía mundial que enfrenta una crisis sin precedente. La necesidad de cambios no es privativa de la nación cubana. El sistema financiero internacional, el orden económico mundial y las relaciones políticas internacionales necesitan también de profundos cambios estructurales. El malestar contemporáneo se manifiesta en todos los órdenes y en todas las regiones.

El curso de acción de la política y la economía debe cambiar, porque la satisfacción de las necesidades humanas se hace cada vez más difícil y perentoria. El crecimiento poblacional, los problemas ecológicos, medio ambientales y climáticos, el deterioro de las condiciones de vida en las regiones económicamente más desfavorecidas, la creciente disparidad entre ricos y pobres (países e individuos) deben conllevar un mayor razonado, y menos festinado, análisis sobre el origen de la riqueza, so pena de trivializar, hacer mercancía barata, una experiencia social de medio siglo que tanto sacrificio y dolor ha conllevado.

Así como la boca habla de los excesos del corazón, la mano escribe de los inconfesados, a veces inconfesables, deseos del alma. En ocasiones, del alma ideológica que tanto quiere camuflarse detrás de las volutas celestiales. En el párrafo final, el autor del texto reconoce, tácitamente, que las reformas económicas tienen como colofón reformas políticas.

"Mas llegará un momento en que la realidad imponga nuevas demandas a las que habrá que responder –como ahora– con decisión, como esta de acumular y reproducir mayor riqueza nacional. Quizás necesitemos entonces nuevos lineamientos o actualizaciones del modelo, y es muy probable que para ello necesitemos también una nueva y actualizada clase política movida por un sano orgullo nacional, apegada a la ley justa y sin miedo a la riqueza." (El subrayado es mío)

Así, se introducen prácticas económicas de mercado e, irremediablemente, la vida política debe alinearse con los principios y métodos de la democracia liberal. La riqueza acumulada, el poder económico adquirido, la clase poseedora va a reclamar, exigir participación política para adecuar el estado a sus intereses y transformarlo en el estado de sus intereses. Por eso Marx escribió sobre la dictadura del proletariado como antídoto a la dictadura del capital; porque, de eso es lo que se trata: dilucidar la cuestión del poder, quien lo controla, regula, y administra. Es ardua cuestión la creación y distribución de la riqueza, el balance entre la eficiencia productiva y la distribución equitativa, y no se puede abandonar, en nombre de un economicismo ramplón y simple, las concepciones éticas y políticas que garantizan un desarrollo social armónico, viable y sostenible.

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