Monday, May 02, 2016

Monseñor Jaime Ortega, Arzobispo-Cardenal de La Habana

Después de casi treinta y cinco años ocupando la sede episcopal de San Cristóbal de La Habana, el Cardenal Jaime Lucas Ortega y Alamino se acoge al retiro canónico. Los papas Benedicto XIII y Francisco I demoraron cuatro años en aceptar la renuncia del prelado cubano presentada en 2011 al momento de cumplir los setenta y cinco años, según prescribe el derecho canónico.

Monseñor Jaime Ortega, en su calidad de Cardenal-Arzobispo de La Habana, ha tenido el raro privilegio de ver durante su episcopado habanero los quehaceres de la historia y de la política. Cuando se estrenó como obispo de esa ciudad, el líder histórico de la Revolución cubana estaba en plenitud de sus facultades políticas. Al salir de su ministerio al frente de esa diócesis, Fidel lleva casi una década retirado toda actividad pública. Al comienzo de sus funciones como pastor de La Habana, esta ciudad salía de la experiencia traumática y demoledora del Mariel: familias separadas, individuos estigmatizados, y, a la vez, la sociedad entraba en un momento de cierta solvencia económica, estabilidad social y nuevas propuestas culturales. Al final de su episcopado, deja una ciudad que unos describen destruida y otros renovada, todos, hermosa, en el que el tema emigración ha perdido su contenido político y las familias se reúnen, cada vez con más frecuencia, algunos se repatrian, otros emigran y no pierden su condición de ciudadanos cubanos con todos los derechos, una ciudad para el turismo pero no del turismo —de una ciudad a otra, ésta mejor. [una nota de nostalgia quejumbrosa: hubiera querido vivir en una Habana con negocios familiares, pequeños negocios que hubieran hecho el día-a-día mucho más llevadero de lo que fue, y el individuo no hubiera renunciado al sentido de responsabilidad personal en la sociedad]

Cuando Monseñor Jaime llegó a La Habana, la primera generación de la revolución hacia su debut en el mundo de los adultos controlado por los “históricos”, habitado por la gente que había vivido “antes”, por los que habían triunfado y por los que fueron vencidos, por los que estaban a favor y por los que estaban en contra, y no había medias tintas, eras o no, gusano o revolucionario. La generación de las primeras “escuelas al campo” y de las “becas”, del rock prohibido y de la militancia política desde los catorce años, de la veintiúnica muda de ropa y el razonamiento total de la vida económica, los años de la “pobreza irradiante”, del “quinquenio gris”, de la “Lenin” y “los camilitos”, del comienzo de la guerra en Angola y del serial televisivo, “En silencio ha tenido que ser”. También era la generación de los que hacían su debut en ese mundo de los adultos como desafectos, no integrados, poco entusiastas, individualistas, pequeños burgueses, escorias, sub-productos y demás lindezas —yo era parte de estos últimos dentro de esa primera generación de la Revolución cubana y ahora me doy cuenta que, con cierto morbo, disfrutaba estar ahí, de no ser de los que todo lo podían, sino de los que podían casi nada; era además un católico entusiasta y entusiasmado. En los primeros de los ochenta había encontrado, en lo que predicaban y practicaban los católicos en América Latina, una forma de integrarme a la sociedad sin perder la identidad religiosa, porque, también me doy cuenta ahora, añoraba ser parte normal de la sociedad, que no me miraran automáticamente ni como enemigo ni como rareza. De manera que comencé a vivir en una especie de doble exclusión —de la sociedad que rechazado por mis creencias religiosas y de la iglesia, porque sospechaba que era un “agente”, un “infiltrado” por no ser un decidido crítico de todas y cada una de las políticas revolucionarias. En ese contexto personal y social aparece monseñor Jaime en La Habana y en mi vida.

Recuerdo la impresión que causó, entre algunos, la misa y la ceremonia de su toma de posesión, a finales de diciembre de 1981. Mucha pompa, criticaban algunos, críticas que lo han acompañado desde que fuera nombrado obispo de La Habana. Era aquel un contexto muy difícil dominado por la crispación y la sospecha y, La Habana, además de una diócesis católica, es el centro del poder político del país, único, absoluto, total. Sabemos que todo obispo es una figura pública con incidencia, más o menos, decisiva en la vida política del lugar. La Habana de 1981 no era una situación política normal, ni las relaciones de la Iglesia, ni de ningún otro grupo religioso, con el Estado y el Gobierno eran siquiera de indiferencia. Las creencias religiosas eran un credo ideológico y una filosofía política en total desencuentro con la ideología y la filosofía, al menos oficiosa, del Estado, el marxismo-leninismo.  El Gobierno cubano considera al país una plaza sitiada, enfrentado al enemigo más poderoso del planeta que está decidido a derrotarlo usando todos los medios, incluido el terrorismo, acciones encubiertas, así que, todo asomo, de disonancia, diferencia, disidencia, es considerado un acto de guerra que el enemigo aprovecha. Entonces, en esas coordenadas políticas, cada gesto, cada palabra del obispo de La Habana se interpretó políticamente por tirios y troyanos. Así fueron, de principio a fin el contexto de su ministerio episcopal.

Monseñor Jaime es hombre de maneras suaves pero enérgicas, culto, gran lector y buen orador, esas características no gustaron mucho ni a la “gente de iglesia”, ni a los del gobierno. La primera vez que conversé con él fue en el verano de 1982 durante unas reuniones de verano de los jóvenes católicos habaneros, las Convivencias, como se le conocían. En realidad, no fue una conversación. El obispo llegó y se reunió con los jóvenes, hizo una presentación y pidió opiniones. No recuerdo el tema pero recuerdo que participé, después pidió verme y me invitó a visitarlo en el obispado. Desde ese momento, lo visité regularmente por años.

Los primeros años ochenta fueron, también, los años de la Reflexión Eclesial Cubana (REC). La REC fue un proceso de reflexión, en el que participaron miembros del clero y la vida religiosa, así como laicos, presididos por los obispos, y cuyo objetivo principal era hacer una “lectura cubana” de los documentos pastorales de la última reunión de obispos latinoamericanos en Puebla, en 1979, ajustar los lineamientos pastorales latinoamericanos al muy particular contexto cubano. Fueron años intensos en que lo pastoral y lo político se cruzaban constantemente. En cada diócesis católica se celebraron reuniones vicariales (municipios católicos) y diocesanas para discutir un documento de trabajo que sería la plataforma de discusión de una reunión nacional a celebrarse en el futuro cercano (que hoy es un pasado lejano). Durante esos años tuve una relación de trabajo y personal muy cercana al futuro cardenal. No puedo menos que recordar esos años con una gratitud inmensa hacia la persona de monseñor Jaime. A pesar de que él, personalmente, tenía muchos reparos hacia la teología de la liberación escuchaba pacientemente mis alegatos y mis propuestas —supe siempre respetar los límites y a su paciencia respondía con obediencia. Un hombre con un sentido de Iglesia (aquí iglesia es comunidad eclesial) irreprochable, una capacidad de obrar para el bien de la Iglesia incontestable, que buscó, en su ministerio, promover el bien y el bienestar de una manera consistente con los principios para todos, católicos o no. He tenido que soportar que ilustres peleles, adocenados conejitos de todas las militancias, ignorantes analistas incapaces de distinguir, y mucho menos manejar, los más elementales conceptos de la fe y de la administración de la Iglesia Católica, inspirados neófitos y distinguidos practicantes, se burlen e insulten al ahora retirado Arzobispo-Cardenal de La Habana. Muchos de ellos fueron incapaces de criticar, siquiera ligeramente, en La Habana a sus ahora archienemigos: allá estaban alineados y, aquí, siguen alineados —son gente de línea y de zona.
Aun cuando disienta de algunos de sus procederes o decires, monseñor Jaime será siempre el padre bondadoso y bueno, el pastor preocupado y solícito que la gente pequeña, de por allá y de por acá, se empeña en enlodar.

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