Sunday, June 05, 2016

De insultos y tonterías: el solar que se lleva dentro

Hace unos días, el pasado veintiocho de mayo, la escritora cubana Wendy Guerra publicó un artículo en la prensa de Miami titulado “Cuba y el otro CDR que se lleva dentro”, en que se queja, con razón, de los vituperios y las críticas malsanas de que es objeto por parte de ciertos sectores de cubanos que viven fueran de Cuba. [Hay cubanos que viven fuera de Cuba, y otros que residen fuera de Cuba, que no es lo mismo, ni se escribe igual. Del mismo modo, residir en Cuba y vivir en Cuba, es decir por Cuba y para Cuba y no [a costa] de ella, son cosas diferentes.]

Nunca he leído nada de la citada escritora —me refiero a su obra narrativa. O sí, he leído unos pocos artículos suyos en el periódico español El Mundo. Aunque, a decir verdad, creo que solo he leído uno —una entrevista o conversación que tuviera con un amigo mío. Sin embargo, el artículo al que me refiero anteriormente me anima a escribir unas breves reflexiones sobre el tema y sobre cómo el tema es abordado.

Lo que en inglés llaman character assassination no es una enfermedad cubana, es parte de la condición humana. Lo primero que llama la atención de los ataques y vituperios contra los que Guerra levante su indignada voz en El Nuevo Herald –y que una vez ms, con tanta pereza como fatiga, le dan vueltas a la noria de los supuestos desmanes y consecuencias de los desmanes de los “hermanos Castro” desde 1959 (tarjeta retorica que hay que marcar si no se quiere levantar sospechas de complicidad con “el régimen”- es la obsesión con hacer endémica cualquier cosa: la pobreza, el hambre, las injusticias, el deterioro, las ruinas, el chisme, la envidia y, así, una larga lista de vicios, corrupciones y males, y todos ellos, efectos “del régimen”. Aburre ya, pera vale insistir en esto: la costumbre de usar recursos ad hominen para oponerse a la agenda o las propuestas de alguien es de vieja data, en Cuba y fuera de Cuba —eso no lo inventaron los comunistas. En los Estados Unidos es casi una práctica aceptada en el mundo de la política y de las celebridades, que no es lo mismo, pero es igual.

Como norma y principio, rechazo la descalificación personal, el uso oportunista de posiciones de poder, el insulto y, mucho más, cualquier alusión a cuestiones éticas o morales que puedan herir a la persona y su entorno de familiares y amigos. En este caso está el agravante de la condición de mujer de quien es objeto del insulto. Ya sé que esta actitud mía es demodé, que pertenece al pasado, que si la igualdad, bla, bla, bla… La caballerosidad y el respeto a las mujeres debe ser parte de nuestras maneras y modales —eso hace el mundo más amable. Por demás, los cubanos tenemos ahí, de referente, otra vez, al Maestro: “La mujer no es como nosotros, sino como una flor, y hay que tratarla así, con mucho cuidado y cariño, porque si la tratan mal, se muere pronto, lo mismo que las flores”. Examino mi vida y encuentro muchos momentos, más de los deseados, en que no he estado a la altura ética de lo que el Maestro, con sencillez y delicadeza única, nos pide. Cierto es, también, que la corrección de lo equivocado es parte de la vida humana. Cierto es, también, que cuando una persona traspasa el ámbito de la privado y se convierte en una persona pública, el escrutinio, mejor o peor llevado, será un sambenito que la acompañará por siempre.

Poco antes de que leyera este artículo al que hago alusión, alguien me pasó otro en forma de carta, o una carta para ser publicada en la prensa (El País, 28 de mayo del corriente) de Guerra, en el que la escritora se dirigía a Obama de una manera tan ingenua, tan llena de esa coquetería tropical que me hizo recordar, súbitamente, a la Wendy Guerra de A Capella, aquel programa de la TV cubana de los años ochenta, cuando leía poesía o se refería, con candor sin igual, a la lectura de El Principito… ¡Ah, qué tiempos aquéllos! Si Wendy escribe esa carta, pues debe esperar que no le parezca bien a unos, que le parezca bien a otros, que comenten, pública o privadamente, que se formen juicios, casi siempre apresurados e injustos. Creo que ella, según se puede colegir del artículo en la prensa de Miami, no estaría enfadada con esto, sino con que se la ofendiera en su dignidad de persona o mujer. A mí, por ejemplo, la carta me parece una rotunda tontería, una ñoñería, a la que no le he prestado más de dos minutos de lectura y otros dos para referirme a ella aquí, ahora. La carta-artículo de El País no pasará la prueba de seriedad y objetividad periodísticas exigida por la prensa que se respeta a sí misma, pero cuando se trata de darle una estocada a Cuba, como quiera que sea, la gran, seria y libre prensa occidental publica cualquier cosa y otorga cualquier premio.


El artículo publicado en la prensa de Miami tampoco da para mucho análisis —está lleno de esos lugares comunes y presunciones rociadas con una gramática esquiva que espantan la lectura y el comentario. Sin embargo, me siento solidario con la molestia de Wendy ante las ofensas e infamias de que puede haber sido objeto.

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