Saturday, November 08, 2008

Políticas

Ayer en una exposición de pintura, una fuente mal informada y tendenciosa me aseguró que el presidente en funciones de los Estados Unidos, George W. Bush, había adquirido un rancho en Paraguay para retirarse despuyós del próximo 20 de enero para satisfacer una pasión, la ganadería, y una miedo, ser incriminado por los supuestos delitos de cohecho, perjurio y abuso de poder, entre otros posibles. Apenas pude dormir imaginandome al Paraguay como refugio de Bush -los guaraníes y el ex-obispo católico ahora presidente tratando de mantener a araya a tan controversial figura. Hoy en la mañana consulté al casi invencible Google y encontré que el Paraguay y los Estados Unidos firmaron un acuerdo de extradición con fecha de nueve de noviembre de 1998. Así que el presidente Bush tendrá que escoger otro sitio que le sirva como refuguio seguro. ¿Qué tal uno de los "sesenta oscuros rincones" que prometió invadir después de los lamentables sucesos del 11 de septiembre de 2001? Estoy seguro que esos "rincones" no tienen tratados de extradición y sería más que bienvenido.

Es enviadible la capacidad de provocar desatres que tiene este presidente. Se puede decir a su favor que trabajo como un catalizador de un proceso histórico que hubiera tomado más tiempo si él se hubiera dedicado a su rancho de Texas y a la budweiser.

Después de las elecciones del pasado cuatro de noviembre un brisa de esperanza y alegría recorre no sólo a los Estados Unidos sino al mundo: todos esperamos que las cosas se traten de hacer lo mejor posible, lo que no quiere decir que salgan bien. Lo perfecto es enemigo de lo bueno, me decían los jesuítas de La Habana en un ya casi remoto e inadvertido tiempo.

El presidente electo Obama en su primera alocución después del martes pasado gastó una broma un tanto "dislocada" cuando bromeó acerca de una consulta con la ex-primera dama Nance Reagan y su supuestas habilidades como medium. Enseguida dicen sus portavoces que la llamó para disculparse y que sostuvieron una cálido intercambio telefónico. Este episodio insignificante y su discurso del pasado martes me indican que elestilo protocolar del electo presidente será muy similar al establecido en la política americana: aceptación de los valores intrínsecos e inmutables del sistema político americano y ese sentido de culpa educadamente aceptada que recorre la recorre la cultura diaria de este país.

Sin permiso. Un par de artículos publicados por el órgano oficial del Partido Comunista de Cuba que bien vale la pena leerlos, aunque a algunos le irrite el esfínter anal.

Obama a la Casa Blanca

Ramón Sánchez-Parodi Montoto

Al cierre de esta edición, sin haberse terminado el conteo de los votos, las proyecciones de las cadenas de televisión y agencias noticiosas en la noche del martes daban a Barack Obama como ganador en los estados de Pennsylvania y Ohio, sellando la suerte de la elección presidencial en Estados Unidos. El senador demócrata por Illinois ocupará la Casa Blanca desde el próximo 20 de enero como cuadragésimo cuarto presidente de Estados Unidos.

¿EL CANDIDATO DEL CAMBIO?

Entre mediados de septiembre y el pasado 31 de octubre en 32 estados de ese país, un estimado de 27 millones de electores fueron autorizados a depositar su voto por adelantado, sin tener que presentar una justificación. En el resto del país, otros 13millones también lo hicieron demostrando tener una razón y justificación para ello. Hay registrados unos 187 millones de votantes, pero deben ejercer el sufragio unos 120 millones, lo que equivale, según especialistas, a que el 30% de los electores ya habían votado antes del 4 de noviembre.

Cerca de un 60% de esos votantes eran afiliados demócratas que se considera votaron a favor de Obama. Un indicio temprano de la victoria que anunciaron antes de la medianoche los medios de difusión norteamericanos.
Barack Obama ha desarrollado una sorprendente y meteórica campaña que lo lleva hacia la Casa Blanca, caracterizada por una sistemática, metódica y perseverante organización. Aunque es evidente que su intención de llegar al más alto cargo del poder ejecutivo norteamericano surge desde mediados de la década de los años 80 del pasado siglo, el hito más reciente en ese camino lo constituye el magistral discurso que pronunció en la Convención Demócrata del 2004, a lo cual siguió su elección como senador federal en las elecciones del 2006, cuando los republicanos perdieron el control de la Cámara de Representantes y del Senado.

En esa trayectoria, septiembre del 2007 marca el momento en que Obama pasa de ser un político más entre el pelotón de aspirantes a la presidencia, prácticamente desconocido para la población norteamericana y solo mencionado por su discurso del 2004 y el hecho de ser negro (o afro-americano), a colocarse entre los punteros de la ruta. Es la ocasión cuando Obama toma como bandera la oposición a la guerra en Iraq (tema por entonces en el primer plano de la atención pública) y se equipara en recaudación de fondos a Hillary Clinton, favorita entre los candidatos demócratas.
En rápida y espectacular sucesión, en diciembre Obama logra emparejarse a Hillary en las encuestas de opinión pública como candidato favorito y se anota un brillante triunfo en el primer evento de las primarias, los caucuses de Iowa del 3 de enero de este año, relegando a Hillary a un deslucido tercer lugar. El 5 de febrero, en el Gigamartes, le cierra a su contrincante demócrata la posibilidad de conquistar un número sustancial de delegados, lo que repite posteriormente en el Supermartes del 4 de marzo y con una sucesión de victorias en primarias y caucuses durante los meses de febrero y marzo.

En el "sprint" final de las primarias consigue, a mediados de mayo, empatar y superar decisivamente a Hillary Clinton en el número de superdelegados (en la práctica representa el respaldo del "establishment" demócrata) que apoyan su nominación y, finalmente, antes de que se cierre el período de primarias, rematar el trayecto hacia la nominación a la presidencia por el Partido Demócrata al obtener el número de delegados necesarios.

En esos menos de nueve meses, Obama se convirtió en un personaje histórico en la política norteamericana, con el respaldo de la mayoría del "establishment" demócrata. El pequeño y débil grupo de un año atrás, con Obama como figura central, había derrotado en las primaras y desplazado del control del Partido Demócrata a la formidable maquinaria política de Bill y Hillary Clinton, creada en un período de tres décadas, incluyendo los ocho años cuando Bill ocupó la presidencia de Estados Unidos.

Contrariamente al criterio sostenido por comentaristas y especialistas políticos de que la tenaz lucha por la nominación entre Hillary y Obama amenazaba con dividir al Partido Demócrata, esa pugna contribuyó decisivamente a la unión entre las distintas tendencias y ha sido un factor clave en la victoria que hoy se materializará en las urnas. Por el contrario, aunque John McCain logró, desde fecha tan temprana como febrero, garantizar la nominación por su Partido como candidato a la presidencia, fue porque sus contrincantes abandonaron la lucha, y no como resultado de la unidad o aceptación de su candidatura por las distintas fuerzas republicanas. Esta diferencia entre la forma en que uno y otro candidato obtuvieron la nominación, constituirá un factor clave en los resultados de las elecciones de hoy.
Aunque el clima político en Estados Unidos determinaba que esta es una elección donde los demócratas debían lograr elegir su candidato a la presidencia del país, ese triunfo ha estado calzado por una campaña electoral muy eficiente, diseñada y ejecutada por un equipo muy cohesionado y leal a Obama que se ha mantenido unido toda la contienda.

Desde un inicio, Obama se propuso dar batalla a sus opositores, fuesen los otros aspirantes demócratas o su rival republicano, en todo el territorio nacional y ello le permitió darse a conocer, crear vínculos en el aparato y bases del Partido en todo el país y acumular fuerzas, primero entre los delegados a la Convención Demócrata y adicionalmente en la identificación y registro de potenciales votantes con vistas a las elecciones del 4 de noviembre. En contraste, tanto Hillary como McCain adoptaron la forma tradicional de hacer campaña, basándose en los lugares y grupos que históricamente se han inclinado a uno y otro partido.
Crucial para Obama en el desarrollo de esa estrategia fue el empleo de millares de voluntarios, de la creación de grupos profesionales de campaña en todos los estados y de una red integral en Internet. Consiguió así presentar batalla en todos los escenarios, captar cientos de miles y hasta millones de votantes, dar a conocer a Obama, divulgar sus posiciones y enfrentar las campañas de descrédito contra el candidato que llevaron a cabo tanto el equipo de Hillary Clinton como el de McCain.
Pero, muy en especial, la campaña de Obama impuso récord en un importantísimo e imprescindible componente en la lucha por la presidencia: la recaudación de dinero, abarcando tanto las pequeñas donaciones de ciudadanos individuales durante las primarias como las decisivas contribuciones financieras de instituciones y empresas en la etapa final de la campaña durante los meses de octubre y noviembre. No solamente la campaña de Obama contó con más de tres millones de donantes, sino que entre ellos se destacó el importante aporte del núcleo de poder económico y político norteamericano. Obama llega a estas elecciones con el respaldo de la clase dominante de Estados Unidos. Aunque no se tienen las cifras finales, las donaciones a la candidatura de Obama pueden fácilmente sobrepasar la cifra de $800 millones de dólares. Ya, con lo que se conoce oficialmente, Obama ha recaudado más dinero que lo recaudado conjuntamente por los candidatos George W. Bush y John Kerry en las elecciones del 2004.

Para que se tenga una idea del costo de esta campaña, podemos apuntar que el Center for Responsive Politics calcula que desde enero del 2007 hasta la fecha se habrán gastado $2,4 mil millones de dólares en la elección presidencial y $2,9 mil millones de dólares en las de los 435 congresistas y 100 senadores federales: un total, solo en esos dos eventos, de $5,3 mil millones.
Cuando se analizan los distintos aspectos de la campaña de Barack Obama, podemos constatar que, salvo pequeños baches en marzo y abril durante las primarias y en la segunda semana de septiembre, su candidatura siempre ha estado en ascenso y en un desempeño más fuerte, cohesionado y bien definido que las de sus rivales, incluyendo a Hillary Clinton y a John McCain.

A partir del 14 de septiembre, la explosión de la crisis financiera representó el puntillazo a las aspiraciones presidenciales del candidato republicano, quien a pesar de esfuerzos desesperados (entre ellos una entrevista al ultra conservador periódico Washington Times - no confundir con el Washington Post) donde criticó fuertemente a la Administración Bush, no ha podido deshacerse de la maldita herencia de los últimos ocho años de mandato del inepto George W. A ello se suma el pobre desempeño de su elegida como compañera de fórmula, la amazona ártica de Alaska, Sarah Palin, y de las infelices actuaciones de ambos en los tres debates presidenciales y en el vicepresidencial. Esto completa el panorama de la debacle republicana de hoy.

La contienda ya no era pareja entre McCain y Obama. El demócrata llevaba una amplia ventaja y solo quedaba a su rival la esperanza del oculto factor racial a la hora de votar. Lo más esperado era que Obama ganara por un amplio margen del voto electoral, posiblemente sobrepasando el nivel de 300 votos, conquistando estados como Virginia, Nevada y Colorado de fuerte tradición republicana y hasta otros pendulares como Ohio o Florida.

El triunfo presidencial demócrata estará acompañado por la segunda victoria consecutiva de dicho Partido en las elecciones del Congreso federal. No es improbable que el margen de control demócrata en la Cámara, que hoy es de 36 congresistas, se amplíe a 100, lo que representaría una ganancia neta en estas elecciones de 30 escaños. En el Senado, también está dentro de las posibilidades que los demócratas ganen la ansiada cifra de 10 nuevos senadores, lo cual les aseguraría el total de 60 senadores para derrotar al "filibusterismo", que se ejercita en determinados debates y votaciones en esa Cámara.

Así Barack Obama completa una jornada histórica y tendrá que enfrentarse a otra.

La Casa Blanca no tiene lecho de rosas

Ramón Sánchez-Parodi Montoto

La histórica elección del primer afronorteamericano a la presidencia de Estados Unidos fue reflejada con diferentes matices por tres de los principales actores de ese drama.

Barack Obama, en su discurso de aceptación, adoptó un modelo tradicional. Elogió el sistema político norteamericano y proclamó que "el cambio ha llegado a América (Estados Unidos)". Continuó felicitando a McCain y a Sarah Palin; al vicepresidente electo, Joseph Biden; a su familia, con especial recuerdo a su recién fallecida abuela materna; reconoció a su equipo de campaña y, sobre todo, a los dos principales integrantes: David Plouffe y David Axelrod. Agradeció el voto al ciudadano común y llamó a asumir "un nuevo espíritu de sacrificio... de trabajo duro y de preocuparnos no solo por nosotros, sino por cada uno de los demás". Concluyó anunciando "un nuevo amanecer para el liderazgo (norte)americano" y proclamó la vigencia de lo que consideró los "ideales" de Estados Unidos: democracia, libertad, oportunidad y esperanza indoblegable, aunque sin definir ninguno de ellos.
McCain reconoció su derrota ante una concentración de partidarios en Phoenix, Arizona. Mostró su racismo oculto, enfatizando de la victoria "el significado que tiene para los afroamericanos y el particular orgullo que ellos sienten esta noche".
El presidente Bush fue condescendiente al llamar a Obama para felicitarlo en nombre de su esposa Laura y de él mismo; le dijo que había sido "una noche asombrosa para usted, su familia y quienes lo apoyan", e instó a que "lo disfrute".
La victoria se puede valorar desde varios puntos de vista, particularmente la de los resultados de la elección presidencial y de la del Congreso.

La estrategia electoral aplicada por Obama en la elección presidencial, tuvo resultados óptimos. Ganó todos y cada uno de los estados que conquistó el demócrata John Kerry en el 2004 y arrebató a los republicanos nueve estados que Bush había ganado en esa misma elección: Virginia (desde 1964 siempre había elegido al candidato republicano); North Carolina (desde 1980 siempre ha elegido al republicano); Indiana (siempre al republicano desde 1968), Colorado (igual, desde 1996), Iowa, Nevada, Ohio y Florida (eligieron a Bush en el 2000 y el 2004); y New México (ganado por estrecho margen por Bush en el 2004). Los nueve aportaron en total 112 votos electorales a Obama. Todavía el jueves Missouri no estaba decidido, pero se inclinaba a McCain. En Nebraska está aún por decidir el voto electoral de un distrito.

Con esta proyección, Obama resultó electo por 364 votos electorales contra 173 obtenidos por McCain (adjudicándole los 11 de Missouri), una cómoda mayoría, pero que ubica a Obama en el octavo lugar de las votaciones más altas obtenidas por los presidentes electos en las 12 elecciones celebradas desde 1964.
En el llamado voto popular a nivel nacional, con 120 884 874 votos escrutados, Obama obtuvo el 52,5% (64 248 825 votos) y McCain el 46,2% (56 635 874), dentro de los pronósticos que se hicieron de una elección de este tipo.

De acuerdo a las encuestas realizadas con los electores a la salida de las urnas, Obama gana por el voto de las mujeres (13% más que McCain, aunque 7% menos entre las mujeres blancas), los hispanos, los negros y los jóvenes, donde obtiene, en ese orden, el favor del 66%, el 95% y el 66% de los sufragios. Llama también la atención de que el 75% de los judíos votaron por Obama y que el de los católicos blancos se repartió parejo entre ambos candidatos, mientras que la derecha religiosa evangélica, nuevamente, favoreció al candidato republicano, aunque Obama obtuvo un 4%más de votos de este sector que los logrados por Kerry en el 2004.

Aunque Obama perdió ante McCain en el voto de la población blanca, su desempeño en ese sector fue similar al obtenido por Gore en el 2000 y por Kerry en el 2004, lo que indica que el factor étnico no perjudicó a Obama y hasta puede haberlo favorecido dado la amplia mayoría de afroamericanos e hispanos que lo apoyaron.
Mientras los electores se identificaron en las encuestas como conservadores, moderados y liberales en similares proporciones a las de las elecciones del 2004, sí hubo variaciones en la filiación política, incrementándose el número de demócratas a un 40%, frente a un 32% de republicanos. En el 2004 hubo la misma proporción de demócratas y republicanos.

En resumen, Obama gana con el respaldo abrumador de la tradicional base demócrata y de gran parte del electorado que se califica como "independiente".
Los comentaristas reflejan consenso sobre el ambiente de las elecciones, que en un artículo del New York Times se califica como "catarsis nacional", resultado de la profunda impopularidad del presidente Bush, del rechazo a sus políticas económicas y externas, del descontento con las guerras en Iraq y Afganistán, de la explosión de la crisis financiera y de la aceptación del llamado de Obama a un cambio en la dirección en que está encaminado el país.

En el segundo escalón, las elecciones del Congreso federal se comportaron de la manera esperada. Los demócratas consiguieron ampliar el número de senadores y representantes, consolidando el control de ambas cámaras logrado en el 2006. Sin embargo, fracasaron en la difícil tarea de alcanzar los 60 senadores, y en la Cámara de Representantes no llegarán tampoco al objetivo máximo (30 nuevos escaños). Por el momento, han elegido a 19 nuevos legisladores, cuando todavía están contándose los votos en 10 contiendas en litigio.

El Partido Demócrata tendrá mayoría de, por lo menos, 56 senadores, al derrotar a los titulares republicanos John Sununu, de New Hampshire, y Elizabeth Dole, de North Carolina, y ganar las contiendas abiertas de Virginia, Colorado y New México. Aún hay cuatro elecciones de senadores por dirimir en Alaska, Oregón, Minnesota y Georgia; los demócratas parecen tener alguna posibilidad de victoria en Oregón y Minnesota. Para cerrar el paso a las tácticas parlamentarias de "filibusterismo", con las cuales los opositores republicanos y conservadores pretenden bloquear la agenda legislativa de Obama, será necesario el concurso de algunos senadores republicanos, lo que obligaría al nuevo presidente a hacer concesiones en su programa de gobierno.

En la Cámara de Representantes la situación apunta igualmente a la necesidad de trabajar por consenso, ya que muchos de los nuevos electos por el Partido Demócrata son de tendencia conservadora y algunos de los republicanos derrotados eran de inclinación moderada. Por tanto, los conservadores verán sus filas reforzadas, por encima de diferencias partidistas.

Obama tendrá que gobernar una nación inmersa en una crisis económica solamente comparable a la Gran Depresión que comenzó en 1929, pero ahora con una economía globalizada; con dos impopulares guerras en curso; con una gigantesca burocracia federal, estadual y municipal; con el país endeudado tanto en el ámbito gubernamental como en el familiar; con recursos financieros insuficientes para cumplir sus promesas electorales de una mejor atención a la salud, a la educación y a la seguridad social.

Estas cuestiones requieren de su atención desde el mismo momento en que fue electo y no pueden ser postergadas durante las siete semanas del llamado periodo de "transición", cuando se efectúa el traspaso del poder de la administración Bush a la administración Obama. Entre asuntos de gobierno que Obama no puede dejar de lado, está la elaboración, propuesta y aprobación por el actual Congreso federal de un nuevo plan de estímulo a la economía, que se calcula estará en el orden de los 100 000 millones de dólares, lo cual requerirá de Obama una atención inmediata y prioritaria. También deberá atender a la conclusión de las negociaciones con Iraq de un acuerdo que defina el papel, la duración de la presencia y las condiciones en que actuarán las tropas de ocupación norteamericanas. Y, por supuesto, no podrá estar al margen de las negociaciones sobre la situación económica mundial del Grupo de los 2, convocado por Bush en Washington para el próximo 15 de noviembre.

En estas circunstancias, el equipo de campaña electoral será sustituido por el "equipo de transición". Según informaciones disponibles, ya Obama designó una "troika" para dirigir ese proceso. La componen John Podesta, ex jefe del equipo de la Casa Blanca de Bill Clinton y quien diseñó en el 2000 el procedimiento de transición actualmente vigente; Valerie Jarrett, asesora muy cercana a Obama; y Pete Rouse, el actual jefe de la oficina senatorial de Obama en Washington.
Como complemento del proceso de "transición", se ha conocido que Obama designó como su jefe de Equipo de la Casa Blanca al congresista por Illinois y amigo cercano, Emanuel Rahn.

El fundamental reto que enfrenta Obama ahora y para los meses próximos es establecer sus prioridades; consolidar la colaboración con los líderes demócratas del Congreso; lograr el apoyo, a sus principales medidas, de los republicanos y conservadores del Congreso; atender y satisfacer al máximo posible las promesas electorales que movilizaron en su apoyo a diferentes sectores y grupos de la población. Y, sobre todo, mostrar que para gobernar cuenta con la misma inteligencia, capacidad, habilidad y destreza que le dio la victoria en las elecciones del 4 de noviembre. De lo contrario, su paso por la presidencia podría ser efímero e incumplir la expectativa de cambio que prometió y con cuya bandera llegó a la Casa Blanca.
Obama lo sabe. En la Casa Blanca no hay lecho de rosas.

* El autor es especialista en Relaciones Internacionales y fue jefe de la Sección de Intereses de Cuba en Estados Unidos de septiembre de 1977 a abril de 1989.

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