Me pregunto si "la mole, imponentemente intacta a pesar de rayos y terremotos" sigue en pie después de lo sucedido el pasado 12 de enero. Así describió Alejo Carpentier la Ciudadela de La Ferriére que el rey haitiano Henri Christophe mandara edificar para proteger la ciudad de posibles ataques franceses. El empobrecido Haití es escenario una vez más del destino que Carpentier le asignara: el lugar donde se le reveló al escritor cubano "lo real maravilloso" de América. Una realidad que parece precedida por el rey de Occidente, el demonio, según el exergo de Lope de Vega que nos regalara el autor cubano al comienzo de su relato El reino de este mundo. Y una maravilla que no es más que la yuxtaposición de muchos males y calamidades.


No es acaso increíble que 100,000 personas perdieran la vida en 60 segundos y que las víctimas pueden alcanzar las 500,000. Esos estimados pueden llegar a convertirse en realidad los próximos días. Dónde está lo maravilloso? Quizás la maravilla se obre en la capacidad de respuesta solidaria que reciba ese olvidado país. Una solidaridad que exprese más justicia que compasión. Una solidaridad que haga efectiva la práctica del amor y deje la prédica para los ambones.

En el sur de la Florida tenemos una comunidad haitiana grande. Uno de los barrios más populosos y de peligro de la ciudad es el Pequeño Haití. Las relaciones entre haitianos y cubanos no son amistosas, como no son amistosas las relaciones de los cubanos con ninguna otra comunidad latinoamericana, con la política excepción de los nicaragüenses, y eso con mucho cuidado, que son despectivamente clasificados como indios. Con los haitianos además de las fricciones políticas típicas, está la raza. Desafortunadamente, la comunidad cubana de Miami exhibe el racismo como un blasón. Claro que lo disimula y hasta apunta hacia Cuba para sacarse de arriba la acusación. No obstante, nuestros oficiales electos, prestos y generosos, ya han organizado, junto a las fuerzas vivas (léase los dueños de las cadenas de supermarkets más exitosos de la ciudad, comerciantes, bodegueros todos) de la comunidad, iniciativas públicas y privadas para ayudar al pueblo haitiano. Pronto oiremos airadas voces protestar porque René Preval, el Primer Ministro de Haití, visitó Cuba y es medio rojizo y una brigada médica cubana presta servicios gratuitos en ese país.

En medio de la confusión y el desorden, de la desolación y el dolor, del llanto y de la imprecación, las instituciones y personas que puedan debemos expresar nuestra solidaridad no solo contribuyendo materialmente, u orando los creyentes, mas exigiendo que la nación haitiana sea políticamente respetada. No es difícil recordar los años de J.B. Arístide, el ex sacerdote católico que fue elegido a la presidencia de Haití en un par de ocasiones y en un par de ocasiones fue sacado del poder por presiones de los Estados Unidos y Francia -su pasado de simpatizante de la Teología de la Liberación, de socialista, era demasiado para los exportadores de democracia. Haití, la primera colonia de la América del Sur y el Caribe en ser independiente, debe ser generosamente ayudado y aceptado como un igual en la comunidad internacional.

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